Llenar un formulario para conseguir otro precio no es nuevo. Lo nuevo es rellenarlo para así poder pagar más. British Airways es una de las aerolíneas que pone a disposición de sus clientes un
cuestionario con el que calculan las emisiones de carbono de su viaje y las compensan con plata: Londres Buenos Aires son dos toneladas y media de dióxido de carbono por pasajero o, lo que es lo mismo, 18,86 libras esterlinas de más para el que quiera donarlas a un
proyecto en Honduras por el que se sustituyen las antiguas (y contaminantes) estufas a leña.
Además de adaptarse al
protocolo de Kyoto, el gesto de la compañía aérea demuestra una voluntad de diferenciación de cara a sus clientes basada en ofrecerles productos que no empeoren el calentamiento global. No es la única. Una de sus rivales, la compañía de trenes Eurostar que une París y Bruselas con Londres,
se anunciaba el año pasado como la alternativa que emitía diez veces menos gases que los aviones.
En Europa, un
artículo publicado por la consultora
Booz Allen Hamilton defiende que se pueden obtener ventajas competitivas analizando los consumos energéticos de la cadena de valor de cada empresa y minimizando los minimizables. La tesis de la consultora es que las ventajas en costos generadas por una cadena energética más eficiente sumada a una mejor adaptación a la regulaciones y al gusto de los consumidores europeos derivan necesariamente en ventajas comparativas: el consumidor prefiere el producto más barato y más acorde con la legislación y sus preocupaciones medioambientales.
Argentina no pertenece a
los países del Anexo I con la oblicación de reducir sus emisiones en los próximos cuatro años pero sus consumidores tienen muchas cosas en común con los de Europa y valoran el cuidado del medioambiente. En 2005 se creó dentro de la
Dirección de Cambio Climático, el Fondo Argentino de Carbono (FAC), para apoyar proyectos de reducción en emisión de dióxido de carbono dentro del programa
Mecanismo para un Desarrollo Limpio. Hoy hay
inscriptos diecinueve proyectos que van desde la
sustitución parcial de combustibles fósiles por biomasa hasta la
recuperación y utilización de gases residuales.
Según Francisco Ocampo, de FAC, las empresas argentinas inscriptas en procesos de reconversión hacia energías que no incidan en el calentamiento global obtienen varias ventajas: acceso a tecnologías más modernas de producción de energía "y por lo tanto más eficientes y con menores costos"; una mejor entrada en mercados preocupados por el calentamiento global como el europeo y el asiático; una mejor imagen corporativa en el mercado local; y una recuperación, aunque sea parcial, del dinero invertido en el proyecto mediante la venta de bonos de carbono a empresas europeas que se vean obligadas a contaminar por encima de los
límites impuestos por Kyoto.
Según Ocampo, el precio de los créditos o bonos oscila entre 10 y 12 dólares por tonelada de dióxido de carbono o equivalente.
Aceitera General Deheza es una de las empresas con proyecto para reducir la emisión de gases que ha sido autorizada por la ONU para vender los bonos a empresas de
países obligados a reducir su emisión.
Su proyecto de generación de energía quemando cáscaras de maní y girasol que antes ardían a cielo abierto como desechos permitirá vender a la Aceitera 585.761 bonos en 21 años,
de acuerdo con el informe del proyecto, o lo que es lo mismo, entre US$ 5.857.610 y US$ 7.029.132 a la cotización actual, además de garantizarse 63.359 MW por hora al año, según el mismo informe. Una cantidad que en las condiciones actuales no es para despreciar.